16/03/11

Verdad

A partir de ahora voy a referirme al amor como devoción innegable e incontrolable.

A lo largo de nuestras vidas, nos acostumbramos a adoptar un objeto de amor. Un objeto central y omnipresente, irrefutable y de fuerte presencia en nuestras vidas. Cuando somos chicos, a nuestro padre o a nuestra madre, dependiendo del complejo de Edipo. Cuando crecemos un poquito, tenemos nuestro primer noviazgo infantil de jardín de infantes, que termina fácil y rapidamente, y sin embargo no deja consecuencias hostiles. Generalmente esas personas luego, a posterior largo plazo, se vuelven una de las personas con las que compartimos un vínculo más profundo.
Luego, a los 9 años adaptamos un hobby o una actividad como nuestro eje. Nuestro todo, nuestro futuro, fuente de diversión y talento. Ya sea un deporte, una disciplina, un escape artístico.
A los 11 años nos adherimos al fanatismo devoto de un artista o figura pública. Su palabra es Ley, Ley de Oro, y nos sentimos completamente identificados y reflejados en esa persona que parece haber atravesado todos nuestros dolores y felicidades y ya cosechó los frutos que luego cosecharemos. De algún modo, queremos tergiversar nuestros pasos con los suyos, superponerlos, utilizarlos de guía, de senda.
Luego, más grandes, nos avergonzamos de lo recién hecho, nos frustramos, y al compartir ese sentimiento fuerte, esa sensación de inestabilidad y dispersión absoluta, con alguien, con una persona, generalmente del sexo opuesto, creemos que nos enamoramos.
El 95% de los casos suelen ser confusiones dolorosas. El otro 5% suele desenlazarse como una hermosa historia cliché de hadas en la que nada malo sucede, y esas dos personas se aman eternamente.
Pero qué pasa con el resto? Eso compartiré con uds.
El resto, nosotros, adaptamos a esta persona como un objeto de amor mucho más fuerte que los anteriormente nombrados juntos. Y generalmente ponemos nuestras vidas y estabilidad mental en esas manos incorrectas.
Creemos que esa persona posee la fortaleza que puede proteger a ambos, juntos, unidos. Creemos que el destino nos juntó. Creemos que somos la persona perfecta para el otro, mientras que sucede al revés. Nosotros somos la persona perfecta para ellos. La persona perfecta para experimentar y lastimar.
Pero, tercos y perseverantes, seguimos, realizando interminables e irracionales cambios, no solo exterior y físicamente, si no que interiores. Nos adaptamos a su vida, a sus necesidades. Creemos que nosotros tenemos la obligación de ser lo que le falta, y nos destruimos y de las piezas que cubren el suelo construimos ese nuevo ser, o maniquí perturbado, que al ver al espejo no reconocemos.
Y los años posteriores a la etapa de ventana son los peores. Pasamos semanas, meses, años re-buscándonos, re-encontrándonos con nosotros mismos. Y cuando creemos que la solución está a la vuelta de esquina, cuando sentimos que las cosas de a poco se van consolidando y enmendando por si solas, catalizadas por interminables conversaciones con personas cercanas, películas que creemos que nos identifican, canciones que amplifican nuestro sentimiento, actividades que nos distraen y nos relajan, nos ayudan a respirar, ahí reaparece esa persona; inerte y causal, casual e hiriente, coincidente y espontánea, dolorosa y melancólica.
Pasamos años destruyéndonos y re-armándonos, sufriendo sin cesar, olvidando todo sentimiento positivo y memoria brillante, re-emplazándola por pequeños fragmentos sin terminar de historias que pudieron ser y felicidades jamás otorgadas.
Cuando estamos cerca de vencernos, acudimos a la fuente más cercana. Algunas personas que gozan de una estrategia utilizando sus factores físicos, se aprovechan de pobres personas en explosiones hormonales para sentirse amadas. Otras se alejan de todas las demás personas, buscando una manera de re-encontrarse con el amor hacia si mismo. El extremo, el Narcisismo, que viene a salvarnos de toda aquella confianza aprovechada.
Hasta que luego de un tiempo, cuando ya creemos que no hay lugar para nosotros, los indeseados, los marginados, los diferentes, los ineludiblemente no entendibles, los no elocuentes, los que nos afectan las cosas en demasía, y aquellos que buscan pasar sus noches ebrios, aparece esa persona. Esa persona que viene a salvarnos de toda esta necromancia, de este karma invertido, de esta oscuridad sin medida. Suele venir camuflado, escondido, esperando a ser descubierto, encontrado, distinguido y apreciado.
Y luego sentimos como pequeñas piezas de nuestra alma esparcidas en el piso de a poco realizan un rebobinado y vuelven a su lugar. Aprendemos a conocernos nuevamente, a experimentar, y a vivir.
Aprendemos a ser felices de nuevo.

0 Occurrences:

Publicar un comentario en la entrada

Speak your mind